Esta mañana he ido al Rastro de Madrid. Había mucha gente, tanta que no se notaba el frío, caminando despacio, entre empujones, mirando los puestos mientras los vendedores voceaban sus ofertas de manera más o menos chistosa. Vamos, como cualquier otra mañana de domingo en el Rastro. Pero si lo que he visto esta mañana hubiera sido solamente eso, no habría retomado este blog, del que sólo nos acordamos de vez en cuando, pero que sigue aquí cuando lo necesitamos.
Esta mañana en el Rastro, había algo de especial. En un rincón de la Plaza de Cascorro había un chico cantando con una guitarra. Esto tampoco tendría nada de particular sino fuera porque el músico no tendría más de catorce años, quince exagerando mucho. Ahí estaba él, con su media melena y con su guitarra española azul, con su sudadera de capucha verde y sus pantalones de chandal, cantando con una voz joven pero ya grave. Muy sonriente cantaba una canción triste para todos los que nos parábamos un momento a escucharle. Hemos sido muchos los que le hemos echado monedas en la funda de la guitarra que tenía a los pies, y él, entre verso y verso de la canción, sin dejar de sonreír, nos daba las gracias.
Es algo maravilloso que un chaval tan joven tenga la iniciativa de irse él una mañana al Rastro con su guitarra a hacer música para todo aquel que le quiera escuchar. Me encanta que a la gente le vaya la vida en algo, y lo lleve a cabo, y que le dé igual si eso está bien visto o no, que le digan que tiene la cabeza llena de pájaros, que no es lo que alguien maduro y sensato debería hacer; la gente a la que el miedo o la vergüenza no le condenan al plan B.
Por la calle se ven muy pocos con una cara de ilusión tan grande y tan pura. Y no hablo sólo de los músicos callejeros. Por eso no es raro que ver a alguien tocando y cantando con tanto entusiasmo alegre un día un entero.
Por cierto, esta era la canción que cantaba:




